lunes, febrero 27, 2017

La condición animal, Valeria Correa Fiz


Páginas de Espuma, Madrid, 2016, 161 pp. 15 €

María Dolores García Pastor

¿Por qué nos asusta reconocer que somos un animal más de la creación? ¿Por qué nos empeñamos en renegar de nuestra parte animal, de lo más salvaje e instintivo que aún perdura en nosotros? Valeria Correa Fiz no teme ni reniega de esa parte de sí misma y se atreve a explorar el lado más animal de la condición humana o el lado más humano de la condición animal. Y lo hace a través de doce relatos de diferente extensión que se dividen en cuatro partes clasificadas según los elementos que se usaban en la antigüedad para explicar los patrones en la naturaleza: tierra, aire, fuego, agua. De todos ellos se nutre La condición animal, en ellos habitan sus criaturas. Los relatos de Tierra nos cuentan sobre éxodos y predadores, los de Aire sobre infancia y pérdidas, los de Fuego sobre enajenación y amores imposibles y los de Agua sobre el origen de la vida y su extinción.
Este es un libro inquietante, visceral y orgánico, con historias que exudan sangre, sudor y semen. Hay algo turbador en los relatos de esta autora, algo imprevisible que amenaza en la sombra, en las atmósferas inquietantes que sabe crear moviéndose entre lo real y lo fantástico. Su prosa descarnada, casi brutal, plagada de imágenes de gran fuerza expresiva que a veces pecan por exceso, el lector se pierde entre tanta metáfora. Cabe destacar, además de su pericia en la creación de ambientes, su capacidad a la hora de revelarnos el retrato psicológico de los personajes, ahondando en lo más profundo de su naturaleza.
Valeria Correa Fiz nos sumerge en las cloacas de la condición humana, bucea en nuestros más bajos instintos, lo imprevisible, lo irracional, al tiempo que desnuda la condición humana dejando patente nuestra fragilidad. Y lo hace entre ecos literarios que nos remiten a grandes de la literatura como Poe, Quiroga, Kafka o Rulfo. También resulta evidente la influencia cinematográfica de Hitchcock en relatos como “Una casa en las afueras” que da comienzo al libro. Historias sorprendentes, crudas, turbadoras en el primer libro de relatos de esta autora argentina, un libro que no deja indiferente.

viernes, febrero 24, 2017

El gigante enterrado, Kazuo Ishiguro


Trad. Mauricio Bach
Anagrama, Barcelona, 2016. 364 pp. 20,90 €

Ariadna G. García

Alguna vez he leído y escuchado a algunos escritores y críticos literarios despotricar contra las novelas de género, considerándolas de rango menor respecto a una supuesta narrativa seria. No deja de ser paradójica esa inquina cuando lo más granado de nuestra novelística de los Siglos de Oro encaja a la perfección dentro de esa categoría, tan injustamente denostada, por lo visto, a día de hoy. Desde La Diana a El Quijote todas las novelas imitaban un género (pastoril, caballerías…), seguían modelos concretos (La Arcadia, El Amadís…) y eran, en mayor o menor medida, obras de puro entretenimiento para los lectores de su época. Frente a ellas se levantaba la atalaya de las obras serias: los diálogos y tratados de espiritualidad (Luis de León, Francisco de Osuna…). Cervantes, pese al éxito de su novela de caballerías, trató hasta el último suspiro de su vida de granjearse fama de escritor serio trabajando sin descanso en su obra final: El Persiles, novela, en esta ocasión, bizantina (otro género narrativo en boga, muy del gusto –este, sí– de los humanistas por su contenido moral). Este preámbulo pretende lanzar una salva a favor de la llamada narrativa de género. La última novela de Ishiguro, El gigante enterrado, puede catalogarse como una moderna novela de caballerías. Como tal, encontramos en ella motivos tópicos de la materia de Bretaña: aparecen un guerrero sajón que busca venganza y un caballero de Arturo que trata de mantener la paz en la región (el legendario Gawain, sobrino del rey), encontramos alusiones al mago Merlín y a sus encantamientos, así como la presencia de seres fantásticos: dragones, orcos y duendes. Además, el libro relata la historia legendaria de las islas, y recoge motivos como la cortesía. Añadamos a esto que el autor selecciona a un personaje –artúrico– para convertirlo en protagonista de un libro propio, argucia típica de los novelistas medievales y renacentistas (Lisuarte en Grecia, Las sergas de Esplandián…). Pero Ishiguro enseguida se sale del patrón para enfocar el género desde la perspectiva de un escritor del siglo XXI que se dirige a lectores de su tiempo. La obra no sigue una cronología lineal, sino que está salpicada de flash back, a veces unos dentro de otros. El narrador, con frecuencia, no da muestras de su omnisciencia, y duda de los pensamientos de su personajes. Se trata, en todo caso, de un narrador implícito que apela continuamente al lector explícito del texto para que compare los mundos del presente y del pasado. En un par de ocasiones cede la voz a Gawain, que desvela secretos que guardan él y Axl, el viejo diplomático en tiempos de Arturo que protagoniza la obra junto a su mujer (Beatrice). Ishiguro emplea una modelación multiselectiva con objeto de ir alternando el foco sobre los distintos personajes. Estos se distribuyen por –novedosas y peculiares– parejas a cuyo cargo tienen una misión: Axl y su amada esposa (una anciana adorable y enferma), Winstan (el espía sajón) y Edwin (un niño britano con alma de guerrero y cazador) y, por último, Gawain y su montura (Horace). El perspectivismo permite no ya sólo actualizar motivos y temas al lector, sino también desvelar intrigas y desmontar las supersticiones y mitos celtas. Esta revisión de las antiguas creencias es uno de los atractivos del libro. Por otro lado, Kazuo Ishiguro introduce –conocidos– motivos de su acerbo personal. No faltan en la novela la búsqueda de la madre y la abolición de la infancia (igual que en la memorable Cuando fuimos huérfanos), el contraste entre una vida consagrada a la causa política o a los placeres –domésticos– (Un artista del mundo flotante),o el empeño de los personajes por recuperar los recuerdos de un pasado lejano y violento, al que se enfrentan (cualquiera de sus libros). El argumento es simple: una pareja de ancianos hartos de las discriminaciones que sufren a causa de la edad, decide abandonar su refugio, horadado en las profundidades de una ladera, para reencontrarse con su hijo. Sus vidas se cruzan con las de los personajes citados, hasta el punto de que asumen como propia una misión peligrosa que les incumbe a todos. También habría que añadir al barquero encargado de llevar a una isla paradisiaca a quienes cumplen ciertos requisitos, así como a Querig, un temible dragón hembra que tiene sumida a Inglaterra en una amnesia general –denominada niebla– que duerme las pasiones y rencores, ya sean de índole privada o nacional. La lucha interior de los personajes por recuperar sus –malos y buenos– recuerdos corre en paralelo a la batalla exterior que pergeña el ejército sajón contra los britanos. Ishiguro ha escrito una novela redonda, atractiva en la forma y compleja en el fondo; un libro que nos interroga sobre la necesidad –o no– de conocerlo todo. Si tenemos una vida, una sociedad, feliz y estable, ¿debemos remover el pasado para ajustarle cuentas? ¿Y pagando qué precio? No caigan en el prejuicio contra las obras de género y lean esta novela de caballerías del siglo XXI. Por cierto, el nobel a Ishiguro, ¿para cuándo?

miércoles, febrero 22, 2017

Hoz en la espalda, Isla Correyero


Huerga y Fierro, Madrid, 2015. 122 pp. 14 €

Verónica Aranda

Isla Correyero, autora de una obra poética sólida y personalísima, con libros emblemáticos como Diario de una enfermera, volvió por fin a publicar en 2015, tras una década de silencio editorial que le ha dado cierto malditismo. Hoz en la espalda está concebido como una ópera dramática. De hecho, fue representada en 2014 en el teatro de la facultad de filología de la Universidad de Salamanca, aunque no incluye acotaciones y no deja de leerse como un poema continuo o soliloquio escénico de siete personajes femeninos (que son una misma mujer) y uno masculino, dividido en cinco cantos: Negación, Ira, Posibles pactos, Depresión, Aceptación, que tiene también mucho de tragedia griega.
Como su título indica, el punto de partida es una puñalada por la espalda, un hachazo a traición, el drama de un divorcio tras años de matrimonio, hijos, posesiones en común, encarnado en una mujer madura, dentro una estructura patriarcal. Tras el estupor inicial ante el abandono y la negación de los hechos, hay una muy lograda evolución psicológica, que explora los límites del dolor y el desarraigo que causa toda ruptura, dándole universalidad. Los leitmotivs que aparecen en cada sección ayudan a reconstruir fragmentariamente la historia (la camisa blanca, el perro, el hijo, la joven amante con la huye el marido, la casa en la montaña, etc.) y la evolución de una crisis que ya acarreaba aislamiento y carencia (nunca pude ser feliz del todo) y que culmina en separación.
Correyero lleva a cabo una poética en verso libre y tono narrativo que busca directamente el desgarrado lenguaje de los desesperados; son voces escindidas que parten del profundo vacío (No sé qué voy a hacer ahora con la vida/ si no te voy a ver bajo la lluvia) y del extrañamiento ante la ruptura. Se podría decir que es una escritura de supervivencia hilvanada con sencillez léxica donde abunda el coloquialismo y cierto lenguaje vulgar, quizá por el propio impulso de liberación del yo lírico, que por momentos parece perder el norte en el poema, pero vuelve a cobrar intensidad en los finales, abrochados con maestría.
A veces, salva la ironía, en las alegorías de animales (como el poema Perros) con que se va forjando el despecho y en las maldiciones bíblicas dirigidas al hombre que es “destructor de vidas”. El “antifaz universal del amor”, nubló a cada una de las voces el entendimiento y la intuición de lo que se avecinaba. De la frustración y los abismos de la depresión, se llega finalmente al no rencor y a cierta paz interior, brillando en soledad: Lo más real soy yo/ andar sola/ brillar. Esta Aceptación que constituye la última parte, es la más lograda del poemario y profundiza en la palabra redentora y en la bondad como la base de nuestra civilización.
El tema del divorcio no ha sido muy tratado en poesía española, en comparación con la poesía en lengua inglesa donde sí se ha abordado más extensamente (cabe recordar poemarios magistrales de Anne Carson y Margaret Atwood), por lo que no deja de ser novedoso, a la vez que nos demuestra que la poesía, en su indagación interior, es terapéutica y sanadora.

lunes, febrero 20, 2017

Si quieres, puedes quedarte aquí, Txani Rodríguez


Editorial Tres Hermanas, Madrid, 2016, 194 pp. 12 €

María Dolores García Pastor

Algunos libros tienen la capacidad de atraparnos desde la primera página, nos arrastran a través de cada palabra hasta llegar al final. Tal vez que la historia comience con su protagonista atrapada en un paso canadiense en medio del bosque, el silencio y la oscuridad, ayude a que eso ocurra, es un inicio muy prometedor, pero no es sólo eso, en Si quieres, puedes quedarte aquí hay mucho más.
La trama es aparentemente sencilla. Andrea y Gonzalo han decidido darse un tiempo en su relación. Ella atraviesa una situación emocional complicada y él la obliga a permanecer en un lugar de reposo y terapias alternativas en la montaña. Lo que debería ser una estancia idílica se irá mostrando como algo desasosegante y oscuro, desde la primera página nada es lo que parece. El paisaje hostil y las muertes constantes de los animales con los que les toca convivir a los inquilinos del lugar, unas ovejas que forman parte de su estancia en una cabaña, hacen que sintamos en todo momento que algo amenaza en la sombra.
Txani Rodríguez crea una atmósfera que consigue inquietarnos y mantenernos en vilo durante toda la novela. Y lo consigue gracias a sus pormenorizadas descripciones de un paisaje agreste que acaba siendo un personaje más, llegando incluso a establecer analogías con los comportamientos humanos, y su maestría para dosificar los diferentes elementos narrativos. También contribuyen a crear una atmósfera enrarecida los peculiares personajes que pueblan la novela y que están tan desorientados o más que la propia protagonista. El propietario del complejo, su ayudante, los diferentes clientes que llegan para instalarse en las cabañas, la viuda de la que Andrea se hace amiga o Gonzalo son personas complicadas, inquietantes a veces, también ellos parecen ocultar algo.
Pese a que la acción transcurre con un tempo contenido, que recuerda a otras obras que acontecen en lugares de reposo como La montaña mágica de Thomas Mann, por poner un ejemplo, la lectura resulta ágil gracias a la brevedad de los capítulos y al estilo contundente de esta escritora. Su prosa me resulta entre descarnada y lírica, sin artificios pero con sutiles pinceladas poéticas. Sumergiéndonos en este episodio vital de Andrea Rodríguez nos lleva a reflexionar sobre la soledad de la vida moderna, el amor y el desamor, la infelicidad o la fragilidad del ser humano, su insignificancia frente a la fuerza de los elementos o la inmensidad e imprevisibilidad de la naturaleza. También se aprecia una mirada irónica sobre determinados modelos de vida actuales.
A lo largo de la novela, y al tiempo que vamos descubriendo algunas cosas, asistimos al descubrimiento de Andrea de sí misma. El final, aunque no es sorprendente, tampoco resulta previsible. Y todo junto deja muy buen sabor de boca. El paso canadiense reaparece al final como una especie de símbolo que cobra importancia en la reiteración, y que nos recuerda de dónde viene la protagonista, y al mismo tiempo acaba convertido en una especie de justicia poética. Si quieres, puedes quedarte aquí fue finalista del XLVII Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro. Una excelente novela breve que sabe a poco.

viernes, febrero 17, 2017

Porcelain. Mis memorias, Moby


Trad. Jesús Gómez Gutiérrez
Sexto Piso, Barcelona, 2016. 472 pp. 23,90 €

Deni Olmedo

In my dreams I'm jealous all the time / As I wake I'm going out of my mind / Going out of my mind (En mis sueños siempre estoy celoso / mientras despierto salgo de mi mente / salgo de mi mente)

Porcelain (Moby)

Ser pariente de Herman Melville (sobrino-bisnieto) debería haber asegurado una infancia y juventud más o menos prósperas a sus descendientes, pero el señor Melville murió en la más absoluta miseria. Así, Richard Melville Hall nació en el Bronx neoyorquino y pasó parte de su infancia en Connecticut donde solía ayudar a su madre en una lavandería 24 horas. Una madre que no tenía demasiada suerte con los hombres que se iban cruzando en su vida. Una historia que se ha podido repetir miles de veces. Se independizó como sólo podía hacerlo alguien acostumbrado a llevar todos sus ahorros en los bolsillos, viviendo de okupa en una antigua fábrica abandonada en las afueras de New York, y parte de sus escasos ingresos los dejaba en el “alquiler” de un espacio de apenas 30 metros cuadrados. Sí, alquiler, el que tenían que pagar a los guardias de seguridad de esa fábrica por dejarles estar allí. 30 metros cuadrados en que cabían sus pertenencias y una pequeña mesa de mezclas, con la que iba grabando en cintas de cassette las sesiones de música de DJ Moby (lo único que heredó de su tío-bisabuelo Herman). Un sobrenombre que, desde entonces, ya no le abandonaría y que prácticamente ha borrado su verdadero nombre, que muchos solo conocen por la Wikipedia.
Mentira. Hay otra cosa que ha heredado de su famoso antepasado, y es (y esto no lo supo hasta que se puso a ello) su afición a escribir. Cuando un avispado editor le propuso publicar sus memorias, Moby inmediatamente pensó en contratar a alguien que las escribiera, previas entrevistas de documentación. Pero dicho editor le retó a que lo hiciera él mismo. Al fin y al cabo, era familia del famoso escritor de Moby Dick. Como si sólo eso ya fuera una garantía. Y salió bien. Moby no solo es un más que talentoso multi-instrumentalista (él graba todos los instrumentos que aparecen en la mayoría de sus discos), sino que descubrió que escribir le encantaba. Así que se puso manos a la obra. Y el resultado es toda una crónica de una generación que ha vivido la conversión de una ciudad sucia e insegura en la metrópoli por excelencia de este planeta: New York. Sí, son las memorias de Moby, que comprenden la década de los noventa, pero perfectamente podría ser una crónica de la vida de cualquier persona que orbitase en esos años (del 89 al 99) en esa ciudad.
Descubriremos a un Moby profundamente religioso, que creció pegado a una radio, donde escuchaba música constantemente. A su desconcierto escuchando canciones que le provocaban efectos contrarios: por una parte, la letra le hacía pensar que estaba pecando (¡) pero que acababa pensando que no podía ser pecado algo que le hacía sentir decididamente bien. Un Moby de ir a misa los domingos, donde veía a su novia de entonces, y quien le animaba a presentar sus sesiones en cassette en discotecas para conseguir trabajo. El Moby tierno y frágil que sólo podía acertar a pensar qué sería de la motocicleta de un compañero okupa, que acababa de morir en una reyerta cuando le intentaban robar. El Moby abstemio que rechazaba constantemente el alcohol y las drogas que constantemente le ofrecían en sus primeras actuaciones, después de una etapa de su vida en que despertaba casi todos los días tirado en el suelo, rodeado de su propio vómito y que decidió un buen día que ya estaba bien de estrellar coches todas las noches, que encontró refugio en la Biblia y se volvió vegano. Su padre había muerto de alcoholismo y la madre de su mejor amigo también, así que decidió que no quería ser como ellos. Pero el alcohol, las drogas y las resacas matutinas no abandonarían a Moby a lo largo de los siguientes años: las fiestas rave, los conciertos (que empezaban a llevarle a lugares tan lejanos como Japón) y, sobre todo, la muerte de su madre, le devolvían constantemente a la bebida. En realidad, a lo largo de los años, de pasar de actuar en sótanos a grandes discotecas, no le había cambiado nada, siempre manteniendo su particular guerra entre las adicciones y Dios.
Porcelain, como la canción de mismo título que incluiría dentro de Play (1999), es más que un recorrido en diez años de la vida de Moby. Es un retrato de la Nueva York de la década de los noventa. Una mirada en cierta manera tierna e ingenua y, sobre todo, muy honesta y con un punto de humor negro sobre las ganas de triunfar y la decadencia, una vez que vas consiguiendo llegar a lo que te has propuesto. Y con invitados más o menos esperados (como Chemical Brothers, Prodigy, Nine Inch Nails…) y otros que no lo son tanto (Viggo Mortensen o Madonna, por poner sólo un par de ejemplos). Te puede gustar más o menos su música, pero para quien desee saber de primera mano cómo era la cultura de clubs, los grupos que triunfaron en esa década y la vida (más bien nocturna) de un superviviente, la lectura de este libro es imprescindible.

miércoles, febrero 15, 2017

Los celos de Zenobia, José A. Ramírez Lozano


Pre-Textos, Valencia, 2016. 143 pp. 13 €

Ignacio Sanz

Juan Ramón era un neurótico refinado, como suelen serlo los grandes poetas. Qué bien se capta en esta novela en la que los personajes fundamentales, además del propio Juan Ramón y su escudero Juan Guerrero, el cónsul plenipotenciario de la poesía, tal como lo llamó García Lorca, es la propia poesía impura, la musa antojadiza, encarnada en una muchacha que vive en la propia casa de Juan Ramón, provocando los celos de Zenobia. De ahí el título. Pero la musa, como muchacha inconstante y antojadiza, tiende a escaparse, a salir a tomar el aire, a dejarse arrastrar por el primero que la corteje. Además, la musa, como es joven, goza en las fiestas mundanas y en el relumbre de las verbenas. Por eso se escapa una y otra vez. Y entonces el que entra en tensión es Juan Ramón, tan celoso de su obra. No quiere que nadie pueda manosearla por más que ella, tentadora, se deje arrastrar por unos y otros.
El humor, el finísimo humor, se desparrama a lo largo de la obra a través de los encuentros con un elenco de escritores, todos sospechosos de aprovecharse de la musa de Juan Ramón. No en balde aparecen por allí los del 27 tachados como sabemos de hijos bastardos por el poeta de Moguer. Sobre todos recae la duda. Salinas (autor de La voz a mí debida que decía Juan Ramón), Bergamín, ese individuo, Diego, autor de la célebre antología, Alberti, Lorca. Habría que hacer, apunta Juan Ramón, una antología de “mis ecos”. Le obsesionan esos poetas que han homenajeado a Góngora en Sevilla, bajo el impulso del torero Ignacio Sánchez Mejías.
La trama consiste en una serie de fugas y de búsquedas por las casas de algunos de los más destacados escritores de la época, en un Madrid que, en realidad, antes que una metrópolis, parece un poblachón grande, donde todo queda al alcance de la mano, pese a que Zenobia desplaza de un lugar a otro en un moderno coche conducido por ella misma. Así aparecen en su propia salsa las figuras señeras de Azorín, Manuel Machado, Antonio Machado, Pablo Neruda… como personajes de una novela de enredos en la que la finura de Ramírez nos hace partícipes de escenas delirantes que apuntalan algunos de los tópicos que adornan a estos grandes escritores. El huevo frito de la cena aparece sobre la silla en la casa de los Machado. Muy interesante al respecto son las reflexiones que Azorín hace sobre la luz de Castilla y cómo influye en su prosa de pasos cortos. Al final, porque la sangre empuja, la musa se pierde en El Retiro y Guerrero y Juan Ramón emprenden una nueva salid en su búsqueda. Las pesquisas les arrastran primero a Sevilla donde creen que ha escapado tras el embrujo de Sánchez Mejías. Pero no, el torero sin embargo les orienta hacia Algeciras y, después, a través de una llamada telefónica, hacia Casablanca donde la musa engolfada en los cafetines se niega a regresar para decepción de Juan Ramón. Y allí, en el calor abrasivo, se deja toquetear por todos.
De cuando en cuando, la prosa finísima y sugerente de Ramírez Lozano, se ilustra con fragmentos de poemas de Juan Ramón. Esos fragmentos son ventanas maravillosas que nos descubren el esplendor siempre vivo de una obra gigante y original, una obra de la que, pese a todo, Juan Ramón reniega. De ahí el afán de búsqueda de los ejemplares en los que ha aparecido. Quiere quemarlos. Juan Ramón no puede soportar que anden por ahí en manos de unos pocos lectores y, como son tan pocos, los requiere a través de Juan Guerrero para que se los devuelvan con la promesa de hacerles llegar algún día la nueva edición de la que desaparecerán todos esos versos impuros que ahora tanto pesar le causan. En fin, en fin, juanramoniano puro. Una delicia que se lee en dos suspiros y que denota la fineza del autor que ha ganado tantos premios de novela, de literatura infantil y de poesía. Entre otros, cómo no, el premio Juan Ramón Jiménez. Pero, de oca en oca, esta novela viene respaldada por el XXIV premio Juan March Cencillo que concede en Mallorca la Fundación Bartolomé March Servera. Enhorabuena de nuevo.

lunes, febrero 13, 2017

Los amantes anónimos, Salvador Gutiérrez Solís


Stella Maris, Barcelona, 2016. 590 pp. 19€

Eduardo Cruz Acillona

Si uno ha tardado tanto tiempo en reseñar esta novela es porque no quería dejar en evidencia al autor de la misma, que además es amigo…
Y es que cada vez que Salva, Salvador Gutiérrez Solís para los que todavía no se hayan tomado una cerveza con él, publicaba un nuevo libro, la sorpresa se sobreponía a su buen hacer a la hora de llevar a la excelencia la vieja fórmula de sujeto, verbo y predicado, o presentación, nudo y desenlace. Acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar gozosamente por nuevos territorios, viene ahora Salva a defraudarnos con Los amantes anónimos
Y digo defraudarnos porque, después de leer las casi seiscientas páginas de esta novela, estoy convencido de que va a pasar mucho tiempo, pero mucho, hasta que Salva nos vuelva a sorprender con un nuevo registro. Este fulano ha creado un personaje tan potente, tan cautivador, tan atrayente, tan con tantas historias que contar que mucho me temo que tenemos protagonista para largo.
Se le ha acabado a Salva el truco de explorar nuevos mundos literarios. Le ha caducado ya la licencia para adentrarse en terrenos vírgenes cual explorador armado de pluma y papel. Para su desgracia, y regocijo de sus lectores, ha creado un monstruo literario en el mejor de los sentidos.
Porque Carmen Puerto no es la policía ni la detective al uso de las novelas de género negro. No. Carmen Puerto es una mujer encerrada en su casa. Su relación con el mundo exterior depende de un teléfono móvil, de un ordenador y de un montacargas a través del cual el vecino del local de abajo, que regenta una peluquería, le proporciona los recursos básicos para la subsistencia. Y bajo esas premisas debe esclarecer una serie de crímenes.
Más allá del argumento, que no vamos a comentar por no correr el riesgo de contar cosas que no debemos, lo que vulgarmente ya se conoce como “hacer un spoiler”, quiero quedarme en reseñar, porque me parece lo más destacable, las afueras del libro.
Hay autores que con seiscientas páginas te hacen una trilogía. Y en muchos casos, infumable. Y hay autores como Salva que, con el mismo número de páginas, te hacen reclamar una trilogía. Después de leer Los amantes anónimos no te queda la satisfacción del crimen resuelto sino el ansia por conocer más a la persona que durante todo un día y sin descanso (porque es lo que vas a tardar en leer el libro, ya te lo adelanto, por si tenías planes) te ha atrapado de una manera tal que te obliga a recurrir a los clásicos.
Me contaba Salva no hace mucho que con la novela negra y con Carmen Puerto estaba disfrutando escribiendo. Me contaba también que Los amantes anónimos es la tercera novela de una serie. A uno le queda la satisfacción de saber que aún están por crearse, como mínimo, las dos anteriores. Y eso compensa, con creces, el disgusto de que el autor, como nos tenía acostumbrados, ya no nos sorprenderá con una nueva propuesta en mucho tiempo.